En su ópera prima, Rodrigo Marín nos sorprende con una película que se desliza sutilmente entre los límites de lo anecdótico y lo dramático. Dos amigas veinteañeras pasan una tarde juntas en un departamento pequeño. La cotidianeidad y la intimidad son presentadas desde la calidez de un chocolate caliente y la conversación trivial.
La calma inestable que se ve amenazada por Sofía. Ella está enferma y tiene rabia; se siente con derecho a tenerla porque en su cuerpo habita una enfermedad que no le corresponde. Manipula, miente y, al mismo, tiempo es dulce y sensual.
Antonia es la amiga que la acompaña. Canta canciones y le regala libros. Hay un teléfono que suena y huellas de mentiras esparcidas en un departamento plagado de fotos, libros y cachivaches. Mientras Antonia tiene miedo de querer y lo hace incondicionalmente, Sofía se maquilla y se disfraza para bailar mirando directo a cámara.
Por Carolina Urrutia
