Christine Browne (Alison Lohman) es una ejecutiva bancaria que quiere obtener un ascenso, y para ello le niega la renegociación de un crédito a una ancianita que incluso ha llegado a ponerse de rodillas ante ella. Esta negación capitalista desata la ira de la mujer, quien maldice a Christine y una serie de eventos desafortunados comienzan a invadir su vida.
Para Sam Raimi, el mal no es el territorio de cargas morales (Polanski) o represiones sexuales (Hitchcock). Los chorros de sangre, las viscocidades internas, la putrefacción de los muertos son tonalidades de una paleta que pretende dibujar un retrato de la muerte ajeno al tabú de lo definitivo y lo silencioso. Más bien, al revés: para Raimi la muerte está muy viva: es una fuerza de naturaleza incesante, activa, justiciera, cambiante y poderosa. En ello radica su hipnótica y salvaje narrativa.
Por Gonzalo Maza
